EL ‘TRUST’, AL RESCATE DEL SENTIMIENTO

La Casa Colón fue escenario ayer, justo cuando se cumplían 125 años de la firma del acta fundacional del Huelva Recreation Club, de un nuevo acontecimiento importante en la historia del Decano del fútbol español. Las instalaciones del Palacio de Congresos, que ya a principios de 1993 acogieron el comienzo de una de las muchas salvaciones falsas que ha vivido la entidad albiazul, sirvieron en esta ocasión como marco para una iniciativa que, al contrario que las protagonizadas por políticos y cantamañanas, cuenta con el alma y el sentimiento como actores principales.

DCF 1.0No sé qué saldrá de esta primera toma de contacto entre recreativistas de corazón. Ni siquiera sé si al Decano le resta el suficiente tiempo de vida para que un puñado de onubenses pueda devolver a esta tierra este símbolo que la representa por todo el mundo. Lo que sí tengo claro es que el momento actual del Recreativo, escenificado ayer mismo de forma transparente con las declaraciones de Pablo Comas refiriéndose en la sintonía de Canal Sur a José Luis Oltra, exige una respuesta de los recreativistas más auténticos.

El proyecto Trust Recre pretende, gracias al impulso inicial que ha propiciado Narciso Rojas, devolver el control del Decano a los aficionados. El objetivo, con grandes dosis de complejidad e irremediablemente trazado en un horizonte a largo plazo, puede sonar a utopía en un escenario futbolístico marcado por la nefasta legislación sobre sociedades anónimas deportivas, pero ya el hecho de reunir a dos centenares de recreativistas en un frío martes de invierno y aunar intenciones en torno a ese sueño merece con creces el esfuerzo.

DCF 1.0En la Casa Colón se dieron encuentro anoche decenas de personas con profundo sentimiento recreativista y eso, como comienzo, ya es mucho más que mucho. La cita tenía lo que no tienen los que están en la poltrona: innumerables tardes de frío y lluvia en la grada del viejo Colombino en tiempos de césped maltrecho. Y con estas credenciales el proyecto Trust Recre puede convertirse ya, cuando menos, en voz de esta afición y de esta ciudad después de que quienes deberían serlo hayan hecho cesación de funciones.

El probado recreativismo de quienes ayer estuvieron en el Palacio de Congresos y el de quienes quisieron estar pero no pudieron legitima a este colectivo, independientemente de que consiga su objetivo último, como foro de opinión cualificada e influyente en un momento como el actual, en el que quienes debieran asumir sus responsabilidades continúan ofreciendo versiones poco creíbles para quienes durante tanto tiempo se sentaron sobre el duro cemento en tardes oscuras a la sombra de Segunda B.

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Clarividencia ante el aborto

Los cambios en la regulación legislativa del aborto han vuelto a colocar este controvertido tema en el centro del debate social en nuestro país y obligan a una nueva reflexión sobre una polémica en la que nunca tuve una postura clara y que, creo, siempre estará presente en la sociedad. Y es que aunque casi todo el mundo tenga formada una opinión sobre la interrupción voluntaria del embarazo, a mí me sigue sorprendiendo la clarividencia con la que la gran mayoría de la población se muestra a favor sin ningún tipo de duda o se posiciona taxativamente en contra en un tema que, bajo mi personal punto de vista, es tan complicado de valorar y de resolver.

Me llena de estupor la convicción que muestran muchas personas al posicionarse en contra del aborto y afirmar, por ejemplo, que esta práctica es un crimen, que la malformación de un feto o sus casi insalvables problemas para sobrevivir no se convierten en motivos suficientes para plantearse una interrupción o que la opinión de la madre no debe jugar un papel fundamental en la decisión.

Pero todo ello no me sorprende más que escuchar a gente convencida de todo lo contrario y que se siente muy segura afirmando que en este asunto nadie más que una mujer embarazada puede decidir, que la interrupción del proceso de formación de una nueva vida es lo mejor cuando éste ofrece algunas dudas o que el no nacido no puede ser considerado persona.

Me asombra sobremanera que nuestros políticos, de uno o de otro bando o de ninguno de ellos, puedan mostrarse tan seguros de sí mismos en una materia como ésta. ¿Cómo es posible que haya quien esté tan convencido, sin la más mínima sombra de duda, de que debemos obligar a una madre a parir en todos los casos o, por el contrario, de que la decisión sobre la vida del no nacido pertenece solo a su progenitora? ¿Cómo se hace para tener tan claro si un feto con malformaciones graves debe nacer o no? ¿Dónde se obtiene tanta sabiduría para opinar sin vacilaciones si el padre debe o no debe tomar parte en una decisión tan traumática? Y sí, sé que es necesario legislar sobre el aborto y que para ello hay que adoptar posturas en un sentido o en otro, pero pese a ello no dejo de extrañarme e incluso bloquearme cuando oigo o leo, un día sí y otro también, tanto comentario aleccionador sobre el asunto. Yo, si se me permite, seguiré dudando y buscando mi propia respuesta, aunque con ello no ayude tanto a esta sociedad como lo hacéis muchos de vosotros vociferando.

La gozada del Atlético

El Atlético de Madrid siempre me produjo una amplia admiración basada más en lo que encontramos a su alrededor que en la propia entidad, tan llena de defectos como el resto del fútbol español. Además, en la presente temporada el club del Manzanares escribe con Diego Pablo Simeone al frente una página deportiva que quedará, salvo lagunas de la memoria provocadas por el sesgo informativo y los infinitos egos blanco y azulgrana, como un hito jamás alcanzado en nuestra Liga. Nunca deberá olvidarse que sumar tal cantidad de puntos y competir al mismo nivel que los dos grandes en el fútbol bipolar que nos acompaña desde hace algunos años supone un acontecimiento sin par que, digan lo que digan y lo diga quien lo diga, no admite comparación con lo logrado anteriormente por otros equipos. Ni siquiera esas recientes ocasiones en las que se sumaron cifras de puntos similares pueden ser comparadas con los actuales registros del Atlético, pues hay que tener en cuenta que las mismas solo fueron posibles gracias a las poderosas plantillas que pudieron formarse –o mantenerse- con recursos económicos muy superiores a los que hoy en día, sin ser pobres, manejan los colchoneros.

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En la capital de España, como en el resto del país o incluso de forma más acusada por aquello de encontrarnos ante un equipo de la ciudad, ser del Real Madrid es lo más fácil. Ser merengue supone contar con un vale canjeable por un buen puñado de títulos ligueros y coperos y por la décima Copa de Europa, que acabará llegando antes o después al club de Chamartín sin que ni siquiera haga falta que las cosas se hagan medio bien. En la entidad blanca, tal y como sucede en el Barcelona, la consecución de la Liga, de la Copa del Rey y del cetro continental con asiduidad se convierte en una obligación acorde con el inmensurable nivel de sus plantillas de futbolistas. Y esa necesidad de títulos provoca, paradójicamente, una gran frustración que casi siempre desemboca en quejas por la labor arbitral y en la publicación de oscuras y nada creíbles conspiraciones que justifiquen el fracaso.

Pero para los atléticos, en cambio, las competiciones nacionales no se plantean como un camino ineludible hacia el título y el trono del fútbol europeo es casi siempre un sueño inalcanzable que solo un esfuerzo supremo y un trabajo deportivo cercano a la perfección puede poner algún día al alcance de la mano. El colchonero, como los fieles aficionados de tantos equipos no poderosos de nuestro fútbol, siente el deporte de manera muy lejana a lo vulgar, apostando por convertir el sentimiento en el motor principal que canalice su afición al balompié y dejando a un lado los mensajes racionales que apuestan por unirse al ganador.

Y en el Manzanares se vive feliz así, con poca necesidad de triunfos pero lo más alejado posible de la frustración, con pocos o incluso con ningún título en cada década pero prefiriendo, pese a ello, ser del Atleti y antes que del triunfador. Por eso, por esa forma de ser y porque nunca podrán competir con los dos grandes, la gesta de esta temporada no puede pasar inadvertida ni caer pronto en el olvido. Disfruten con ella, aunque no sean colchoneros. Vivan el buen fútbol, aunque el mismo no venga unido al toque más exquisito y solo reservado para los futbolistas más caros del planeta. Gocen con lo que, en el Calderón, es una especial manera de sentir.

Holea y el “catetismo”

Desde la apertura al público, el pasado jueves, del Centro Comercial Holea en nuestra capital, se han oído muchas voces críticas hacia quienes apoyan la creación de esta infraestructura en Huelva y, sobre todo, hacia quienes se han apresurado a visitar el nuevo espacio lúdico ubicado junto a la circunvalación. La palabra cateto ha sido empleada en estos días con mucha asiduidad para definir a miles de personas que, con ilusión e incluso ciertas dosis de ansiedad en algunos casos, se han acercado a Holea buscando un lugar agradable y bien preparado para el ocio y, por qué no, para el consumo razonable o incluso algo desenfrenado.

Holea

No seré yo quien defienda ni quien comprenda -aunque tampoco me vea con autoridad para ser crítico con ellos- a quienes han decidido realizar grandes colas en determinados establecimientos del nuevo centro comercial ni a quienes -alucino- han pasado la noche en la calle para ser uno de los primeros en atravesar la puerta de una determinada tienda.

Pese a ello, sí quiero justificar la expectación que ha levantado entre la mayor parte de los onubenses algo aparentemente tan sencillo como la apertura de este nuevo espacio en una ciudad y una provincia que, lamentablemente, sigue estando poco acostumbrada a ver grandes avances en su territorio. En Huelva estamos tan faltos de grandes obras y echamos tanto de menos las modernas infraestructuras que sí se construyen en otras provincias que incluso una inauguración de un centro comercial de tamaño medio nos puede llegar a parecer algo extraordinario y una oportunidad para hacer algo distinto -sin desmerecer por ello las muchas alternativas de ocio que ofrece una provincia tan agraciada por la naturaleza-.

En otros lugares, la inauguración de un espacio como Holea no hubiera llegado a despertar tanta ilusión ni a provocar tantas colas y atascos en sus primeros días de apertura. Cuando ya dispones de varios centros comerciales bien dotados o con tiendas surtidas con lo más novedoso, la llegada de un proyecto como éste no sería ya un suceso extraordinario aún siendo bienvenido para la mayoría. En el caso de Huelva, además, se une a la novedad la elogiable inversión publicitaria llevada a cabo por los promotores en los últimos meses. Todo esto y el deseo de muchos onubenses de no tener que buscar en otros lugares este tipo de alternativas están provocando la imagen que en estos días podemos presenciar en Holea y sus alrededores. Si ser cateto es estar poco acostumbrado a ciertas cosas, quizás la culpa de nuestro “catetismo” no la tengamos nosotros. O sí.

RECORTES

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La crisis que nos atrapa, incluso a los más escurridizos, colma ahora nuestro mundo de tristes estampas otrora inimaginables. Encontramos jóvenes sentados sobre la cama de oscuras habitaciones y observando por la ventana la tarde gris de otoño, con el viento agitando las ramas de los árboles y llenando de hojas secas el asfalto. Al fondo una playa, que al calor del pasado verano les permitió ganar algunas monedas sirviendo cervezas a los afortunados bañistas.

Pero ocurre que ahora, sobre sus escritorios, entre el agua de la calle y el fuego de sus chimeneas, se agrupan puñados de periódicos en los que se tachan, uno a uno, anuncios de ofertas de trabajo que parecían opciones alcanzables en la mañana y ahora se tornan imposibles. Los recibos de la hipoteca descansan a un lado, arrugados y ajados por el manoseo nervioso y desesperado de tantas otras tardes. Y junto a ellos facturas de electricidad, y de agua, y de la conexión a internet que hubo que dar de baja y que también utilizaba para buscar un empleo en algún lugar,… Los jóvenes, observando tristes las gotas de lluvia sobre el cristal de la ventana, recuerdan días en los que disfrutaban de esa casa que ahora es su condena y de la que se enamoraron por sus vistas al mar. Añoran tiempos probablemente felices con una novia que marchó, hace pocas semanas, por no poder soportar tanta miseria, en su vida y en la de él, con ambos sin trabajo. Y es que ahora, con apenas unos euros en la cuenta, millones de jóvenes se enfrentan a un presente asfixiante, a un futuro agonizante. Y viven una vida sin vivir en ella, buscando empleo, estrellándose una y otra vez contra la respuesta negativa en cada visita a una empresa, en cada recomendación de un amigo, en cada envío de currículo,…

El gobierno ha manchado el país de recortes para, decían, superar la crisis. Pero en cada rincón de España jóvenes, con el desahucio de camino, no pueden levantar cabeza. Se han quedado ya sin prestación por desempleo y aquellas horas de sudor sobre camisa blanca en el chiringuito, sin contrato, claro, ya no les proporcionan un futuro más digno. Y así cada día, envuelto en la monotonía. Hoy como ayer y mañana como hoy. Desesperante. La mirada perdida en una ventana, durante horas, dejando volar el pensamiento y flirteando, con la imaginación, con épocas sin recortes.